
A veces lo único que hace falta para destruir tu muro es una simple situación. Tan simple como ver a esa persona y no decir ni "Hola" ni "Adiós". Comprovar que, por mucho que te digas a ti misma que todo a pasado, te das cuenta que no, que sigue ahí dentro. Escuchar otra vez esa vocecilla que te dice: "¿Crees que lo has olvidado con rapidez? Te equivocas. Todo sigue estando aquí dentro, por mucho que quieras engañarte".
Descubrir que de nada sirvió hacerse la fuerte, que de nada sirvió decirte a ti misma cada mañana "Hoy todo irá mejor, ya estás curada". No. Tres segundos bastan para tirar todo eso por tierra, para demostrar que nunca es suficiente. Parar abrir la herida de nuevo.
